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Patakí donde Oggán vive con Obatalá en el Oddun Otrupon Kana

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Patakí donde Oggán vive con Obatalá en el Oddun Otrupon Kana
Aggayú era obbá de la tierra Addo Shaga y Changó era su subalterno. Muchos pueblos estaban sometidos a Aggayú y en cada estación del año le rendían tributo enviándole un barco lleno de alimentos.

Changó, que ambicionaba la posición de Aggayú, hechizó a Elegguá y seleccionó a un grupo de hombres para que interceptaran el barco y robaran las vituallas. Al frente de la banda puso a Oggán, guardiero de Oddúa, quien se lo había regalado a Aggayú, el cual a su vez, lo nombró amo de llaves. Pronto el pueblo de Addo Shaga comenzó a pasar hambre y Aggayú llamó a su lugarteniente para que le informara que ocurría con los barcos de provisiones que no llegaban. Changó se hizo el tonto y no le respondió.

Aggayú decidió cobrar el tributo por la fuerza, pero antes de partir con sus guerreros fue a registrarse a casa de Orula, quien le contó lo que estaba ocurriendo y le mandó a traer a Elegguá para quitarle el encantamiento, haciéndole un ebbó con una etú. Changó, desconociendo esto, mandó a atacar otro barco de provisiones, pero Elegguá y sus guerreros apresaron a Oggán y sus hombres, los molieron a palos y lo llevaron ante Aggayú, que en esos momentos recibía la visita de Obatalá. Este, al ver a Oggán, su abure, en tan malas condiciones, le pidió a Aggayú que lo perdonara, cosa a la que accedió su amigo. Desde entonces, Oggán, temeroso y avergonzado, vive donde Obatalá.

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Patakí sobre el nacimiento del mundo
El Dios Todopoderoso, Olofi, se paseaba por el espacio infinito donde sólo había fuego, llamas y vapor que, prácticamente por su densidad, no lo dejaban caminar; pero así él lo quería. Aburrido de no tener a nadie con quien hablar y pelear, decidió que era el momento de embellecer este panorama tan tenebroso y hostil y descargó su fuerza en tal forma que el agua cayó y cayó. Pero hubo partes que lucharon contra éste y quedaron formados grandes huecos en rocas.

Se formó el océano, vasto y misterioso donde reside Olokún, deidad a la que nadie puede ver, ni la mente humana puede imaginar sus formas. En los lugares más accesibles brotó Yemayá con sus algas, estrellas marinas, corales y pececitos de colores, coronada por Ochumare, el arcoiris, y vibrando sus colores azul y plata. La declaró Madre Universal, Madre de los Orishas, y de su vientre salieron las estrellas y la luna siendo éste el segundo paso de la creación. Oloddumare, Obatalá, Olofi y Yemayá, decidieron que el fuego, que por algunos lados se había extinguido y por otros estaba en su apogeo, fuera absorbido por las entrañas de la tierra en el temido y muy venerado Aggayú Solá, como representación del volcán y los misterios profundos.

Mientras se apagaba el fuego, las cenizas se esparcieron por todos lados, se formó la tierra representada por Orisha-Oko, quien la fortaleció, amparando las cosechas fértiles, los árboles, los frutos y las hierbas. Entre ellas y por los bosques deambulaba Osain y su sabiduría ancestral de los valores médicos de palos y hierbas. En los lugares en los cuales se pudrió la ceniza, nacieron las ciénagas y de sus aguas estancadas brotaron las epidemias representadas por Babalú Ayé, Sakpana o Chakpana.

Yemayá, la sabia y generosa Madre de todos y de todo, decidió darle venas a la tierra y creó los ríos de agua dulce y potable, para que cuando Olofi quisiera, creara el ser humano. De allí surgió Ochún, la dueña de los ríos, de la fertilidad y de la sexualidad; las dos se unieron en un abrazo legando al mundo su incalculable riqueza. Obatalá, heredero de las órdenes dadas por Olofi, cuando éste decidió apartarse y vivir en lontananza, detras de Orun, el sol, creó el ser humano y aquí fue el acabose.

Obatalá, tan puro, blanco y limpio, comenzó a sufrir los desmanes de los hombres: los niños se limpiaban en él y el humo de los hornos lo ensuciaba. Como él era todo, le arrancaban las tiras pensando que era hierba y los viejos, que no veían, se secaban sus manos en él. Obstinado por toda la suciedad se elevó a vivir entre las nubes y el azul celeste, y desde allá observó el comportamiento del ser humano, dándose cuenta que el mundo se poblaba y poblaba, pues no existía Ikú, la muerte. Se puso a meditar al respecto y decidió crearla como a los demás orishas, pero ésta era muy exigente, ya que Olofi le había dicho que sólo podría disponer del ser humano cuando él lo decidiera.

Ikú se fue a quejar a Olofi cuando éste se estaba dando un banquete con una adié (iba vestido de gris) y al acercársela para hablarle se manchó su ropa con sangre (Ofún Meyi). Se puso tan, pero tan bravo, que ésta se le volvió negra y entonces Olofi le dijo: "¿Tu no querías ser distinto a los demás orishas? Pues a partir de hoy, te vestirás y escribirás en negro y todo lo que alrededor tengas, será negro". To Ibán Echu.

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Patakí de Yemayá y el poder de los caracoles
Yemayá estaba casada con Orula, gran adivinador de la tierra de Ifé, que hacía milagros y tenía una gran clientela. En ese entonces, Orula estaba íntimamente unido al secreto de los caracoles, pues Yemayá, dueña del mar, peces, caracoles y todo lo marino, se lo comunicaba, y él, a su vez, los interpretaba a través de los oddun o leyendas de cada uno. Pero un día Orula tuvo que hacer un viaje largo y tedioso para asistir a una reunión de awós que había convocado Olofin, y como demoró más de lo que Yemayá imaginaba, ésta se quedó sin dinero, por lo que decidió aplicar toda su técnica y sapiencia.

A cada persona que venia a buscar a Orula para consultarse, ella le decía que no se preocupara, y como era adivinadora de nacimiento, sus vaticinios tuvieron gran éxito y sus ebbó salvaron a mucha gente. Cuando Orula regresó, oyó decir que había una mujer en su pueblo que adivinaba y era milagrosa. El, curioso como todo hombre, se disfrazó y preguntando por el lugar llegó a su propia casa. Yemayá, al ser descubierta, le dijo:
- "¿Tú crees que me iba a morir de hambre?

El, furioso, la llevó delante de Olofin y éste, sabio entre los sabios, decidió que Orula registrara con el ékuele, los ikines y el até de lfá (Tablero) y que Yemayá dominara los caracoles solamente hasta el número 12. Pero le advirtió a Orula que cuando saliera Yemayá en su oddun, todos los babalawos tendrían que rendirle veneración, tocar con la frente el Tablero y decir: Ebbó fi Ebboada.

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Patakí del 0bbi
Obbi era un santo muy presumido y vanidoso. Un día Olofin dió una fiesta a la que fueron todos los orishas. Después que llegaron, entró Obbi, y cuando éste iba a entrar, toda la gente que acostumbraba a congregarse en la puerta del templo fue a saludarlo y a pedirle dinero, como lo hacían con todos, pero Obbi los rechazó y no quiso que lo tocaran. Después, en el interior del templo, cuando todos los santos se sentaban en el suelo, Obbi no quiso hacerlo porque se ensuciaba, y fué tanta su vanidad y su orgullo, que las quejas llegaron a oídos de Olofin. El mismo dijo que comprobaría si lo que decían era verdad.

Olofin dio otra fiesta y se disfrazó de mendigo, de manera que Obbi no lo conociera. Cuando lo vio entrar, le salió al paso para darle la mano y Obbi, al ver quien era, quedó tan sorprendido que perdió el habla. Olofin le dijo que le iba a devolver el habla, pero que donde único podría hablar, sería en el suelo, como castigo, por ser tan orgulloso y vanidoso.

Por eso el coco se tira en el suelo y habla con dos caras.

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Patakí del primer Awó, poseedor del secreto del Obbi
En una tribu de la vasta extensión africana del Dahomey, vivía un awó llamado Biagué. Este tenía un hijo único llamado Adiatotó, y otros que él había criado y que lo respetaban y querían, pero que eran adoptados.

Biagué se sentaba todos los días debajo de un cocotero y con gran paciencia le enseñaba a Adiatotó su poético y bello sistema adivinatorio, a través del coco seco. Adiatotó se convirtió, por la gracia de los orishas que veían en él una esperanza para comunicarse con los humanos, en un gran sabio de la adivinación. Pero murió Biagué el awó, los hijos adoptivos se llevaron las pertenencias y botaron a Adiatotó de la casa. Este se fue a deambular por montes y montañas hasta que de pronto, un buen día, sintió el repicar de los tambores llamando a una reunión en su antigua tribu, convocada por el obbá de ella, con urgencia.

Adiatotó se dirigió hacia allá, cruzando ríos y lagunas y alimentándose de todo lo que encontraba por el camino. Al llegar, el obbá tenía una tierra fértil que se la disputaban los hijos adoptivos del awó; pero éste no les creía ya que había oído decir en leyendas que su verdadero dueño era Adiatotó.

El obbá le pidió una prueba y Adiatotó dijo que, si al tirar los cocos salían con la masa blanca hacia arriba, esto quería decir que la tierra era de él. Y así fue; pero el obbá quiso otra prueba. Entonces Adiatotó le dijo que si salían dos boca abajo y dos boca arriba tendría la seguridad. Esto fue lo que ocurrió y el obbá lo llevó con él para tenerlo cerca y saber lo bueno y lo malo que el futuro le depararía.

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Tomado de: NATALIA BOLIVAR ARÓSTEGUI y VALENTINA PORRAS POTTS, Orisha Ayé.

Unidad mítica del Caribe al Brasil, Guadalajara, Ediciones Pontón, 1996

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